Creo que es una realidad para mucha gente, que en Venezuela se está perdiendo la ciudadanía. Y no es en el sentido de cualidad de un individuo, ni en el sentido de sus derechos, realmente es una perdida de la capacidad de cumplimiento de los deberes que vienen intrínsecos con esta condición, como individuos que formamos parte de una misma comunidad política, económica y social.
Todo este preámbulo es para narrar un hecho que me ha llamado mucho la atención, no sólo por el hecho en sí, sino por lo común del mismo.
Para nadie tampoco es secreto que el respeto a las instituciones ha venido a menos. De la “investidura” o lo que representaba cada cargo participante de la vida pública nacional se encuentra por decir lo menos, en un completo abandono y sigue cayendo en picada.
Por cuestiones de trabajo, me ha tocado ir al estadio a cubrir los juegos de pelota del actual campeonato de la Liga Profesional de Béisbol. Y para más suerte mía he ido a los 2 Caracas- Magallanes que se han jugado en el Universitario de la ciudad capital.
Más allá de lo bonito del espectáculo que han dado los dos clubes esta temporada, más allá de la rivalidad, harta conocida y defendida por cada fanático, en la cual cada detalle que te hace ser mejor que el otro cuenta; que si los títulos, que si la serie particular, que si los mejores grandes ligas, que si los mejores peloteros. Más allá de todo eso, hay una realidad que particularmente me preocupa, pues no habla de un futuro más esperanzador.
Como siempre el grupo más desordenado o como se dice en criollo “rochelero” son las gradas. Tal vez una zona con más libertades por lo amplio, tal vez por la cantidad de gente. Sea cual sea la razón, en las gradas uno siempre va a ver mucha alegría, bulla, lluvia de cerveza y de vez en cuando, dos sentimientos encontrados de fanáticos que resuelven sus diferencias y hacen respetar los colores de su pasión con la violencia. Otras veces, las gradas son caldo de cultivo de facinerosos, que mientras un equipo hace lo propio por ganar como estafar algunas bases, ellos se dedican a hacer lo propio pero robando a fanáticos que esperaban cualquier cosa menos ser victimas de la delincuencia
Cuando esto sucede, efectivos de la Policía Metropolitana, una de las tantas instituciones de orden público que hacen vida en el estadio, armados con cascos antimotín, peinillas y a veces escudos, entran a las gradas, dispersando al publico presente y buscando a los individuos que fomentaron la violencia, sea cual sea su tipo. Allá en la distancia, desde las tribunas, los fanáticos o desde el palco de prensa, los que trabajan, se dan cuenta de que sucede algo, pues el público de gradas, luego de estar apiñados se separan a gran velocidad, dejando unos vacíos enormes que lo hacen a uno preguntarse ¿Dónde está la gente que antes estaba allí?
Hasta acá todo normal, dentro la conciencia del venezolano, “son cosas que pasan” dice uno mentalmente y luego de ver morbosamente a través del lente de la cámara, como los policías empuñan las peinillas y las dejan caer sobre blandas humanidades, vuelve uno a la pasional tranquilidad del juego. Lo que me llama la atención es que últimamente, cada vez que la policía entra rompiendo caras, empujando gente y humillando muchedumbres, no son recibidas con agrado y aunque el vacío impresionante en las gradas se sigue haciendo, una lluvia de proyectiles, formadas por los vasos de plástico aun llenos de cerveza, o veces de orine; según las malas lenguas, caen directamente sobre la escuadra de policías, impactando en el casco o en la cara directamente.
Pero aún más sorprendente y contrario a lo que se podría pensar, estos bombardeos defensivos no vienen de lanzadores anónimos. No, no viene de uno más de la masa, escondido tras los cuerpos de la primera fila, una mano que aparece lanza el vaso y vuelve a esconderse… ¡No! Son esos mismos que se encuentran en primera fila los que impactan con los vasos a los oficiales del orden público. Los que se encaran con los funcionarios, cuando con peinilla en una mano y la otra por la “pechera” exigen explicaciones, mientras muchos otros vasos siguen haciendo blanco en la “autoridad” dejándolos empapados de pies a cabeza de un líquido que bien podría ser cerveza.
Los uniformados tratan de multiplicarse, pero son desbordados por las oleadas de proyectiles improvisados, y es cuando, desde la tranquilidad de las tribunas o palco de prensa según el caso, nace una nueva pregunta ¿Cómo se multiplican los vasos plásticos?, porque por más cervezas que hayan comprado en algún momento se tienen que acabar, es una cuestión de física simple, por el espacio y una cuestión matemática, si tienes cinco vasos, al quinto lanzamiento te quedas sin proyectiles.
Y así, empapados de pies a cabeza, el escudo manchado y las peinillas aún vibrando por la última mordida en la blanda carne de un fanático, se retira la policía, serpenteando a través de un laberinto de rabia, recelo e insultos creado por ellos mismos, a refugiarse en la tranquilidad que brinda el comando improvisado que se encuentra en cada una de las salidas.
Lo policías que se encuentran asignados en las tribunas, miran la escena que se repite mínimo hasta 4 veces más, según el juego; sonriendo y con la esperanza que en el próximo sorteo de posiciones no sean ellos los que entren en el campo enemigo y salgan con el rabo entre las piernas.
Lo realmente preocupante es que esto es una muestra inequívoca de lo deteriorada que están nuestras instituciones y el poco respeto que le muestra el “ciudadano” a la autoridad. Y lo peor es que no es un comportamiento aislado, un “de vez en cuando”, es una constante de conducta anticívica que se ve en distintas facetas. Cuando nos comemos el semáforo, cuando nos estacionamos en doble fila y ni siquiera esta permitida una, cuando nos hacemos los dormidos para no ceder el puesto en la abarrotada camioneta de pasajeros. Cuando le rogamos a un profesor salir temprano de la clase cuando llegamos tarde. En fin, nunca terminaría si sigo enumerando formas en que esta conducta inapropiada se hace presente y además no creo que haga falta, cada uno de nosotros ha vivido en carne propia esta experiencia y cada quien es libre de hacer su propia lista. Es más, sería un ejercicio interesante luego comparar listas y tachar aquellos espacios comunes, para ver cuan real es esto.
Más allá de buscar culpables y crucificarlos en un bando u otro, creo que si existe una razón para todo esto es el alto grado de impunidad que existe en el país, en donde cualquiera, bien apoyado se puede salir con la suya en cualquier momento y en cualquier lugar. O simplemente vemos figuras de autoridad lo suficientemente sinvergüenzas como para permitir una infracción y castigar a quién hace la observación de la misma.
Creo que la reflexión que yo me hice es válida para todos aquellos que puedan elaborar una lista de más de cinco ítems anticívicos y de verdad ir tomando conciencia de hacer nosotros lo que nos corresponde y así lograr, no un mejor país para sonar utópico, sino una mejor manera de vivir en comunidad.

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