“Mija, ¿te perdiste? ¿para donde te fuiste?”- dijo Delia y Verónica salió de su ensimismamiento un poco angustiada y sobresaltada - “ ¿No escuchaste lo que te dije? Horribles esos shorcitos de Agustín, ¡Horribles!”.
Verónica, rápidamente trató de reagrupar sus pensamientos, mientras enterraba en su subconsciente la imagen de las piernas de Agustín, atinando a decir:-“Si… si, no puedo creer que salga con eso, es que me he quedado lela”. Mentira, realmente creía que le quedaba muy, pero muy bien. Además, él siempre se ha sentido a gusto con los colores chillones, esos que muy poca gente tiene el valor de ponerse.
“-Agustín, ¿no te da pena salir con eso a la calle?” dijo Verónica cuando se topó con la mirada de Agustín saliendo del baño. –“ ¡Ah, bueno! ¿te contagiaste de la mente cerrada? Yo sabía que eso se pegaba y no hay cura.”
Verónica volvió a reír, esta vez muy descarada y con una risa sonora que alegraba la estancia, además intentaba tapar el rubor de sus mejillas con las manos que se llevaba a la cara. En cambio Delia, soltó un gruñido de desaprobación mientras miraba inquisidoramente a Agustín y se preparaba a responder. Él, rápidamente y con la experiencia de mil enfrentamientos perdidos, entorno los ojos y se acercó cariñosamente abrazándola. –“ ¡Mentira, mi cosha peshosha! mentira, que la mente cerrada si se cura. Con cariño y mucho amor de este loquito. Con paciencia y salivita”
Delia trataba de zafarse del abrazo zalamero y los besos sonoros que le propina Agustín, que pronto transforma sus manos en armas de cosquillas masivas, atacándole los costados y haciéndola revolverse sobre sí, mientras lo amenazaba entre risas y gritos nerviosos.
“- Se viene la segunda parte, de este partido ¡Impresionante!” la voz del narrador hizo las veces del la campana del perro de Pavlov, Agustín soltó su presa y se despidió dando saltos cortos de izquierda a derecha, como si evitara una ráfaga de objetos lanzados en su contra. ¡Pshhhh! El sonido producido por la lata al abrirla, tapó los comentarios que lanzaba Delia desde la cocina. Y mientras un sorbo frío de una rubia “Grolsch” bajaba por la garganta de Agustín, que con los ojos cerrados, la mente en blanco, se dejaba arrullar por la risa más encantadora que ha escuchado. La de Verónica.
“-Arranca el segundo tiempo, no hay modificaciones por ninguno de los dos equipos…” sonaba de fondo mientras Verónica, recobrando la compostura y con una sonrisa franca decía:-“Qué bello lo que ustedes tienen, Agustín te adora”
Delia, aun con la cara roja por el esfuerzo, no pudo ocultar su satisfacción por el comentario de su mejor amiga. Comentario por demás muy cierto y que la llenaba de alegría.-“Gracias amiga, ya veras que tú también conseguirás a alguien así. Y podrás vivir tu historia de amor.”
“Nada de eso. ¿Quién te dijo que yo quería historias románticas, de príncipes azules? Yo lo que quiero es disfrutar mi vida y un tipo que me sepa atender… No que después de todo, tenga que terminar yo sola el trabajo. ¡Jajaja!” Verónica volvió a reír y Delia, entre horrorizada y cómplice le devolvió la risa.
“-Vero, no seas rata, ¿qué es eso?”
“- Tú sabes, no te hagas la loca, que yo te conté lo que me pasó con Abel”
La historia de Abel es un tanto desafortunada. Realmente más que desafortunada era triste, una historia de expectativas opuestas. De entregas inconclusas o erradas. Abel, un amigo de Agustín, había salido un par de meses con Verónica ante de pedirle que fuesen novios. Abel, era un tipo bien parecido, de ojos verdes y cabello amarillo, las huellas de un ancestro alemán eran notables. Muy culto y por sobre todo una persona de muy buenos sentimientos. Digno heredero del nombre del personaje bíblico original. Sin embargo, era muy formal para ella. En esos dos meses, sus encuentros carnales sólo habían conducido hasta un sostén desabrochado, unos botones de camisa rotos y un mano muy tímida, casi, rozando sus nalgas.
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