miércoles, 14 de julio de 2010

Deseo (3)

A pesar de eso, Abel parecía divertido, responsable y caballero. Así que dejándose influenciar por Delia y  Agustín, le dio una oportunidad al bueno de Abel. Tal vez, luego de superados los formalismos del noviazgo, sería un poco más fogoso. Pero no fue así. Se convirtió en una mala experiencia en la vida de Verónica, que además le preocupaba, como iba a ser afectada la relación de ella con Delia y Agustín, sobretodo con él.
La primera noche que pasaron juntos después de ser novios, empezó muy bien. Abel la pasó buscando al trabajo, un viernes. Y la llevó a un restaurant, que el techo se abre y dejaba ver las estrellas, exclusivo y muy romántico. Al llegar, una botella de vino blanco Chardonnay, muy joven y en la temperatura perfecta, sirvió de antesala a lo que se podía esperar de esa noche. La comida, en su justa medida, gourmet, ni mucho ni poco, estaba perfecta. Ella pidió salmón ahumado con salsa de champiñones, puré de papas hecho con leche de cabra. Era la primera vez que comía salmón y leche de cabra. Definitivamente la noche prometía.
Él se desvivió en atenciones. Le abría la puerta, le arrimaba la silla, incluso le prestó el saco, cuando entrada la noche y aun bajo las estrellas, ella comenzó a tiritar. Inclusive, muy decentemente le preguntó si ella quería seguir la velada con él en un sitio más intimo, o si quería ir a descansar. -“La noche es joven y yo… Yo soy toda tuya” - Fue su respuesta.
“-…I know/ there's only/ only one like you/ There's no way/ they could have made two…” La voz cálida y penetrante de Barry White, creaba el ambiente en el carro, las sensaciones, las ganas y el deseo se iban apoderando de Verónica, que no podía creer que esta era la misma persona que casi no la había tocado, durante el noviazgo.
Abel, se veía seguro, lo que le brindaba un sexappeal, que no era muy común en él. Porque, aunque tenía todo el porte de galán, le faltaba un poco de malicia.
Verónica quedo aun más gratamente sorprendida, cuando llegaron al lobby de un hotel cinco estrellas, perteneciente a una famosa cadena internacional. -“Quise que esta vez fuese lo más especial para ambos”- dijo Abel al ver la cara de asombro de Verónica, que a manera de agradecimiento y aprobación sonrió, bajando un poco la cara y entrecerrando los ojos un poco. Dejando el aire impregnado con su pícara inocencia. Truco que aprendió poco a poco con el primer hombre de su vida, su padre. Nunca le negó nada cuando ella hacia ese gesto. Y siempre se lo dijo. –“Hija, cada vez que haces eso me desarmas”
En el ascensor del hotel, subiendo a la suite 1003, comenzó el juego. Abel la atrajo hacia sí. Acercó sus labios a los de ella, pero no la besó, solo rozó su mejilla izquierda y siguió bajando hasta el cuello. Un temblor estremeció las piernas de Verónica, que se aferró a la nuca de él, introduciendo los dedos entre el cabello, rozando con fuerza el cuero cabelludo. Sus labios, intentaban reclamar el lóbulo de la oreja derecha de él.
El pitido del ascensor fue escuchado de mala gana, pues se tuvieron que separar, pero lo agradecieron cuando al abrirse la puerta, entraba una pareja de octogenarios turistas, vestidos elegantemente, que iban a disfrutar del bingo del hotel.
Pasada la formalidad de la salida del ascensor, el incomodo momento de encontrar la fulana habitación y el desespero de abrir la puerta con la tarjeta digital, que no siempre hace contacto a la primera. Y se encontraron, en menos de lo que se piensa, luchando contra la ropa.

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