lunes, 5 de abril de 2010

Decepción (4/8)


Las manos le seguían sudando, un poco más al acercarse el momento de encontrarse con ella. Los pensamientos se reunieron en tropel atropellándose entre ellos. Bajó la velocidad, una señora atravesaba la calle de una manera poco segura. Mientras esperaba que terminara de cruzar, Plácido fija su mirada en la fachada de piedras por donde saldrá ella. De pronto, la puerta se abre y el mundo se detiene. Poco a poco todo va perdiendo su brillo natural, los colores poco a poco se van opacando hasta ver todo en blanco y negro. La gente no camina, gracias a Dios la viejita ya cruzó, el viento no sopla. Los pájaros no cantan. El reloj no avanza.
Sólo ella, con su paso acompasado, como por una pasarela de alta costura, se mueve. Su cabello liso, sobre los hombros, ondula en cámara lenta con cada paso. Sus ojos irradian más luz que el sol y con cada parpadeo se adueña del lugar. Su piel blanca como el marfil, crea un halo tenue alrededor de su cuerpo. Como un aura mágica y casi mística. Al reconocer el carro de Plácido, sonríe. Uno de sus tesoros mejores guardados, con unos dientes como perlas y con la capacidad de iluminar una sala oscura con luz propia.
La sonrisa no dura mucho y con una seña le invita a avanzar. Ya no quedaba ni rastro de la anciana y un carro se acercaba doblando por la esquina. Aun le faltaban unos pocos metros para recogerla. Avanza, pero se le apaga el carro. Plácido sonríe, baja la cara mirando el volante y temblando lo enciende de nuevo. Cuando está por avanzar, escucha la voz de la diosa Afrodita en persona – Ya estoy aquí. Abre la puerta.
Plácido hubiese querido bajarse y abrirle la puerta, pero se contentó con subir el seguro y esperar que se montara. Acercó su cara a la de ella, buscando un beso en sus labios carnosos de dulce sabor, pero se encontró con una fría mejilla. Ella, había esquivado con mucha gracia el contacto de los labios. Sonrió de nuevo. Pero Plácido puedo ver que no era precisamente alegría lo que motivaba esa mueca en la boca.

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