domingo, 18 de abril de 2010

Decepción (6/8)

- No puedo- dijo casi como un susurro.- De verdad no puedo.- Su palabras iban perdiendo el volumen inicial y la cara de Plácido era una máscara que tapaba sus verdaderos sentimientos. Sin embargo, en su voz la desesperación marcaba la candencia de las palabras
- Pero, ¿por qué no? Acaso, no estamos creciendo como personas, acaso no te gustaría amanecer conmigo? Abrir los ojos a mi lado. Porque a mi si me gustaría que lo primero que vieran  mis ojos al despertar seas tú. Y llegar a casa contigo en ella, atendiéndome, atendiéndote.
- ¡Para!, no sigas… No puedo. ¡Escúchame!.- Y la cara de Ella iba perdiendo la majestuosidad de siempre. Y su piel, nacarada, a cada segundo que pasaba iba tornándose roja. Las lagrimas caían en tropel, sin gemidos. Sólo la voz entrecortada acompañaban al llanto mudo que empapaba el mantel de la mesa.- No puedo, escúchame, por favor. No te molestes.
Plácido contuvo las ganas de pararse de la mesa al pedir explicaciones. Se sentía muy decepcionado, para nada era esta la situación que él había esperado. De hecho, sentía que no estaba preparado para esta respuesta. A pesar de haberla visualizado durante su trasnocho y de creer que podría soportarla. Había fallado en el momento importante. El cerebro no le respondía bien. Las manos le temblaban. La garganta era un tobogán ardiente, la saliva se le secaba, cada vez le quedaba menos. El corazón latía aceleradamente. Tenía ganas de gritar, de correr y dejarlo todo atrás.
- No estoy molesto,- murmuró- Pero no entiendo tu respuesta. No me lo esperaba. Ayer parecía ser este el camino.
- Estoy embarazada.- Las palabras salieron de la boca de ella como una saeta que hizo blanco en la humanidad de Plácido, que palideció y se recostó sobre el espaldar de la silla. Ella estaba embarazada. Definitivamente esa respuesta no era la que esperaba. Sólo atinó a preguntar: ¿Cómo?- Se dio cuenta que esa no era la pregunta que debía hacer. Él sabía como. Muchos encuentros de piel desnuda, sudorosa, tenían en su haber. Sólo la primera vez fue incomoda. Risas nerviosas, caricias torpes. Desconocimiento del cuerpo ajeno. Ignorancia de los deseos del otro. Pero sobraba pasión, lujuria y ganas de aprender. De disfrutar cada centímetro de cuerpo, de sentir toda la fuerza de cada envión. Y la energía explotando en cada orgasmo.
Por supuesto que el sabía como. Cuantas veces sintió ardor en la espalda, un surco dejado por las uñas de ella, justo en el momento de la salvaje explosión. Cuantas veces sintió los labios en carne viva, por los mordiscos de ella. Claro que sabía como, esa no era la pregunta que debía haber formulado. Más bien le interesaba saber más, por qué esa situación no era un punto de unión. Un niño sería el clímax de su historia de vida. Un niño o niña, no importa. Ayer se trasnochó por la idea de pedir matrimonio y hoy, deliraba porque iba a ser padre.

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