lunes, 22 de marzo de 2010

Decepción (2/8)

El agua fue como un elixir divino que bajaba por su garganta, hidratando de nuevo su cuerpo y produciéndole una sensación de tranquilidad que ya comenzaba a extrañar. Eso le dio fuerzas e incluso coraje y se dispuso a no darle más vueltas a la situación. Había tomado una decisión y la iba a llevar a cabo.
Le dedicó una mirada a Manu y vio su lengua acompasada con la respiración entrado y saliendo de la boca del can. Caminó hasta la mesa, tomó su teléfono celular y apretó el número 2 del marcado rápido.
Repicó 7 veces, antes de sonar la tediosa voz de la grabadora, autorizando a dejar un mensaje luego del tono. Apretó el botón rojo y el verde dos veces, en esa misma secuencia. El “La” del tono le resquebrajaba los tímpanos con cada aparición. A la séptima colgó y se dispuso a llamar de nuevo, con cierto estado de desesperación que le comenzaba a invadir el cuerpo. El animo que le había impregnado el agua, comenzaba a desaparecer.
Al cuarto repique, con un nuevo pensamiento en la cabeza, recibió respuesta del otro lado del auricular.
Era una voz melodiosa, candida, casi inmaculada. Femenina e hipnotizante. A Plácido el corazón se le detuvo y comenzó a latir de nuevo. Calmado, sosegado, tranquilo. Las manos seguían sudorosas, pero era otra la razón. Sonrió al darse cuenta de todas las cosas que le hacia sentir esa mujer y reconoció que estaba tomando la decisión correcta.
-Hola, ¿Cómo estas? ¿Qué vas a hacer el día de hoy? Quisiera hablar contigo- dijo él. – Hola, muchas preguntas, ¿no te parece?... Je, je… yo también necesito hablar contigo.
Su voz no sonaba tan calmada como siempre, incluso su risa de terciopelo, acababa de sonar nerviosa. Sin embargo su respuesta había sido mejor de lo que Plácido habría esperado. Él sabía que eso era otra señal, de haber tomado la decisión correcta. Ya no tenía más porque temer. Pronto iba a sacar de su cuerpo lo que tanto le pesaba y por las señales hasta el momento, todo iba a salir a pedir de boca.
-No desayunes, en una hora estoy allá- En la voz de Plácido se notaba la seguridad que lo había abandonado la noche y el día anterior. Una seguridad que incluso minutos antes no estaba allí con él.
-Seguro, será mejor así, antes de que me arrepienta- dijo ella, respuesta que a él le pareció extraña. Pero vio delante de sus ojos, como una película, todo el insomnio anterior, las preocupaciones, los pensamientos, las consecuencias y sonrió. Seguramente, para ella era tan duro como para él, ver el mundo desde esa nueva perspectiva. 

jueves, 18 de marzo de 2010

Decepción (1/8)


No había dormido bien la noche anterior, y eso le pasaba factura en su rostro. Por no hablar de su cansancio. Sentía el cuerpo pesado, incomodo. Le molestaban los brazos, no sabía que hacer con las manos sudorosas. Le picaban las palmas, sentía los dedos hinchados.
Sin embargo, a pesar de este aletargamiento, su cerebro rebozaba de actividad. Pensamientos iban y venían. Se enmarañaban, se soltaban y se volvían a enmarañar.
De hecho, esa era la causa de su desvelo. Un único pensamiento se le arremolinaba en la mente. El problema era que a pesar de ser uno solo, tenía muchas ramificaciones, posibles consecuencias. Y justamente era eso lo que quería evitar, las consecuencias. Sabía que no podía evitarlas, pero trataba de minimizar al máximo las posibles sorpresas.
Él no era así. No se reconocía. Toda su vida, 28 años muy bien vividos, habían sido desenfrenados y alocados. Sin mucho planificar. Si lo pensaba lo hacía, mejor dicho, si lo sentía se convertía en realidad. No había tiempo para las consecuencias. Igual, al final del día, tendría que lidiar con ellas. Era preferible dejarlas llegar y ya.
Pero allí estaba. Con un nudo a la garganta. Con una sed que le erosionaba la boca y la lengua. La saliva espesa, viscosa, pegajosa era difícil de tragar. Con la cabeza llena de un pensamiento que giraba y giraba. Pero con la certeza casi mística, de saber lo que tenía que hacer. Y era eso lo que más le asustaba.
Plácido se levanto de la cama y más por inercia que por voluntad, se arrastró hasta las escaleras que comunicaban su habitación con el resto de la casa.  Se mareó un poco, como sintiendo vértigo, al chequear la misma distancia de 5 escalones de la escalera tipo marinera de todos los días.
-Venga idiota, baja de una vez- dijo en un murmullo, masticando la palabras. Se aferró a los pasamanos y bajó lentamente. Se sentía sólo. ¿Estaba sólo? Ni siquiera su perra ladraba. Esa aparatosa pero leal mestiza que recogió en la Libertador, cuyo nombre se debatió entre la versión vulgar de la profesión más antigua del mundo y Manuela, en honor a la llamada “Libertadora del Libertador”, Manuelita Saenz, pero siendo bautizada como “Manu”, por ser un nombre sencillo y corto, como se recomienda usar con los perros. Era de tamaño mediano, de contextura atlética, amarilla con el hocico negro. En su ascendencia, los genes de un pastor alemán aun trataban de sobrevivir. Era un poco alocada y no había forma alguna que dejara la maña de comerse cualquier cosa que encontrara en el suelo. Una vez, consiguió 5 bolívares en monedas de 1 y de 50 centavos, en una radiografía en una visita al veterinario.
Caminó hacia la cocina. Buscaba la nevera, necesitaba agua. Fría, muy fría para ver si se le quitaba la resequedad de la boca. A medio camino entre la nevera y la lavadora, vio a Manu echada. Se veía un poco incómoda. A Plácido le pareció raro, que no se levantara a exigirle su ración de cariño matutino. Sin embargo, él se sentía mal, como para jugar o agacharse y examinarla mejor. Tomó una jarra de la nevera y bebió directamente de la botella.

sábado, 6 de febrero de 2010

Locura temporal

Laberinto en la mente, de sueños inconclusos, de sentimientos flotando entre el ya pasó y lo que vendrá. De psicosis aterradoras que golpean a las dosis de cordura que aun quedan.Estados positivos cayendo en picada por la opresión de malos momentos.
Noche oscura y fría que abre la puerta de amores pasados, terminados y olvidados.Soledad que se hace un espacio en la cama y se convierte en compañía, reunión indeseada de compañeros habituales. El cigarro y su humo, el escoces, el dolor, el arrepentimiento y la rabia.Cierro los ojos y veo tu cuerpo desnudo sobre mi cama. Tus ojos, como mar en calma, reflejan la luz del sol que hace entrecerrar los míos. Tu piel blanca, de marfíl, es una sensación agradable, el prefecto recordatorio de la química que hubo entre nosotros. Tus pechos, siempre rebeldes, de la justa medida de mi boca y que invitan a ser tocados. Tus caderas, redondas, fuertes pero a la vez muy femeninas.Las piernas, un poco flacas; tú punto debíl, pero que se veían muy bien alrededor de mi cintura o apoyadas sobre mis hombros.
Te veo, pero no estas en realidad. Hace mucho que te fuiste. Hace mucho que ya no estas. Demasiado tiempo sin tu olor en mis sábanas, demasiado tiempo sin ver tu cara ruborizada, con algunos cabellos húmedos de sudor sobre tu cara post- coito. Casi no recuerdo el contacto de tus manos aventureras que descubrían y redescubrían rutas hasta mi sexo, a punto de explotar. Y te reías, disfrutabas los espamos que ocasionaban tus dedos jugueteando en mi espalda, suave, sutil, sensual.
Abro los ojos y no estas, o soy yo el que esta ausente. El que buscó un camino diferente al tuyo. O fui yo, el que no supo conservarte a mi lado.
Abro los ojos y me encuentro con la ventana de la habitación. Afuera repiquetea la lluvía sobre el cristal y los transeúntes corren de techo en techo. Con un periódico sobre la cabeza, evitando el empaparse de un solo golpe. Recuerdo cuando tu cuerpo era besado por la lluvía, o era en la ducha, cuando de pie y aferrada a mi cabeza, suplicabas porque detuviese mi lengua intranquila y obsesionada con la anatomía de tus profundidades. Recuerdo la lluvía cayendo sobre mi cara, o eran mis lágrimas. Surcando los pómulos y cayendo en caída libre el día que te fuiste.
El reloj, avanza. El tiempo, no. Danzan de una manera frenética, intentando enloquecerme a cada minuto. Y la noche, oscura, fria. Me hace recordar, que no recuerdo porque no te tengo

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Dulce espera

          La suavidad visual de su piel era exquisita; su rostro expresaba paz. Paz solamente alcanzada por la extraña sensación de tranquilidad que da la muerte. Pero no de cualquier muerte, sino de la esperada, la que llega sola y es aceptada; no la inesperada. Su bigote se veía mejor que nunca; afuera el viento soplaba con fuerza, una especie de ulular sombrío se llegaba a escuchar, el cual era roto por las burdas palabras de la gente: - Lo siento. – Mi sentido pésame; y todo ese tipo de cosas sin sentido que se repiten en los funerales.
        Sin embargo; yo pensaba, realmente no estaba allí; bueno, mi cuerpo si lo estaba, pero mi mente divagaba por otro lado, lejos de allí, en el sitio donde los pensamientos transforman la realidad de cada cual y conforman nuevas visiones.
        Como cambian las cosas, ayer reíamos, hoy no; ayer estaba con nosotros, ya no. ¿Cuánto pudo haber pasado desde ese momento hasta ahora?2 horas, 3, 4 quizás; no estoy seguro, pero de lo único que no me quedaban dudas era que estaba muerto. Ya no estaría más con nosotros, se había ido sin consultarlo más que con él mismo.
        Su muerte era premeditada, la pensó, la aceptó y la esperó. A todos, menos a él, nos agarró por sorpresa. Él sabía que vendría, era lo que quería.
        Lo quería, y no era por que no amase la vida, sino porque él aceptaba su muerte como algo natural; nosotros no. Siempre desde pequeños nos han enseñado a temer a ese momento, verlo como algo malo, mientras que él, siempre trato de inculcarnos el esperar lo inevitable, no temerle. Esperar ese momento era lo que quedaba si habíamos cumplido con nuestros objetivos y  disfrutado una vida plena.
        Él siempre decía que la muerte, es otro estado más inherente al ser humano, que la muerte no es mala; es sólo otro momento. “ La vida es bella, es excelsa en su sentido de mayor pertenencia de las cosas que hacemos, es la oportunidad que tenemos de esforzarnos, es una aventura. La muerte es simplemente el comienzo de una nueva aventura. Nunca nadie se ha devuelto a decir que es mala”. Que idea tan rara, pero así había sido él; peculiar pero sincero y práctico. Y aunque siempre nos lo dijo, nunca lo internalizamos, o por lo menos no tanto como él.
        Ni hablar de lo que decía del dolor; eso, según él, era la mayor demostración de humanidad y vida dentro de nosotros; una manera de sentirse vivo; que mientras más sufriéramos, más nos dábamos cuenta de nuestra condición humana. “ El dolor nos hace sentir vivos, sin dolor la vida carece de sentido alguno, sería como una carne en vara sin vara, o una torta de manzanas sin manzanas, realmente sería un momento vacío del cual no nos podríamos extasiar a cada instante”. Decía que sí todo fuese felicidad y no existiera el dolor, nos acostumbraríamos siempre a reír y a no sacrificarnos por lograr  los sueños, ya que tendríamos todo el tiempo para hacerlo. Mientras que con el dolor y la muerte, vivimos en una perfecta relación de zozobra, en la cual luchábamos por sonreír y aprovechar el tiempo al máximo. 
      Que manera tan extrañamente sincera y diferente de ver la vida. ¿No podría ser más fácil?.
        Entretanto, afuera seguía soplando el viento, pero poco a poco iba mermando su furia y su sombría presencia. Apolo, en su carruaje dorado se abría paso poco a poco, dando oportunidad a una nueva esperanza de vida y grandeza a mí devastada alma.
        A pesar de todo el dolor presente en mi por la pérdida de mi padre, mi mejor amigo, que se fue casi sin despedirse; solo con el recuerdo de lo feliz que vivió, y dejando un buen recuerdo entre las personas que lo conocieron; me sentí mejor con el calor que poco a poco iba inundando el lugar. A lo lejos se escuchaba el trinar de los pájaros, lentamente camine hacia el árbol más cercano y observé.
        Siempre cantan- pensé, pero de sus sentimientos nada se sabe, cantar y cantar. Somos nosotros los que le damos una connotación sentimental al trino de los pájaros, y realmente yo no creo que le impriman una nota sentimental en sus cantos. ¿Será qué la muerte es así?, ¿Y cada quién le da la connotación que quiere?.
        Y así, sin más que ese pensamiento en mi mente, me aleje sonriendo y considerando la posibilidad de esperar mi próxima etapa.

Vida de Cariño

Oda al crecimiento de un corazón sin razón, que ya está cansado de amar y abusar, de reír y llorar, de sentir y sentir. (Pero que nunca se detendrá)

Te quiero en la distancia pues no debo quererte, pero quiero saber que se siente entregarse a tan delicada flor.
Te quiero aunque no debo, pues más allá de nosotros hay unos otros; el miedo se apodera de mí y me dificulta saber en realidad lo que quiero.
Me desespero al no saber de ti y tu ausencia me produce un descontrol. Pero sé que no debo reclamar aquello que no tengo merecido.
Te quiero porque creo poder lograr algo contigo, sin embargo la duda de saber si es un capricho me asalta en todo momento, como una sombra, que aunque el sol se oculte, ella está allí, esperando un mínimo halo de luz para mostrarse de nuevo.
Te quiero porque sé que tú me quieres, porque me provocas ser mejor. Te quiero, no sé porque te quiero. ¿Pero realmente te quiero?
Te quiero porque sé que no debo fallar, porque debo ser mejor. Siento tu mirada a cada paso que doy, te veo donde no estás y estás donde no te veo.
Siento miedo, mucho miedo. De actuar, de querer, de pedir más, incluso de arriesgar. Siento miedo pues no sé que hacer, que decir, que pensar, que sentir.
Tu mirada, tu piel, tu cuerpo me provocan, tus pecas me hipnotizan, me invitan a compartir todo lo compartible y un poco más. Tu mente me apasiona, eres un misterio que quiero descubrir, pero tengo miedo.
Quiero que te fumes conmigo el último cigarrillo de la noche, que seamos en presencia corpórea el compañero de trasnocho, él que provoca en los ratos de ocio. Quiero abrazarte, protegerte y en momentos de duda, caer en tu regazo y seas tú quien me salves.
Quiero enamorarme, no sé si lo estoy, de sentir, siento pues vibro al compás de tus palabras. Quiero correr gritando a los cuatro vientos, ¡ Qué coño pasa! Quiero huir de las responsabilidades y consecuencias.
Quiero enamorarme, ya lo dije, pero no resultó lo que yo quería. Podría decir que quiero que seas tú... pero no soy yo quien lo decide.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Ira cunda el pánico




La mente turbada. El corazón en vilo. El estómago hecho un ovillo que vibra. Las manos sudorosas. Las palabras correctas perdidas en la materia gris más nebulosa. En la garganta se atropellan en tropel, las que no deben salir. En un suspiro se iba la vida y en las lágrimas caían pedazos de ese amor, que inmensamente fue poderoso.
El puño, cerraba la rabia contenida. Los ojos buscaban miles de puntos en los cuales posarse, mientras los vasos capilares hinchaban su tamaño, mostrándose más rojos.
La sangre bombeando rápidamente, los oídos zumbando y filtrando cualquier ruido externo a su voz. En el cerebro las neuronas explotaban tratando de escuchar y a la vez hacerse escuchar.
Una vorágine de ira comenzaba a producirse en el interior del cuerpo, en algún recóndito lugar, al que no se puede llegar, ni conocer. Los sentidos se aceleran, todo se ve, se siente, se oye más rápido. Ahora las palabras no se escogen, se disparan. El cerebro organiza frases hirientes, que hacen blanco. Crece el mounstro de ira, devorándose todo aquello que causa cordura. Buenos pensamientos, buena conducta, decencia, buenos augurios… el amor.
Explota la súper nova. Una pared, inocente recibe el golpe de gracia. Victima justificada de la vorágine que todo lo arrastra hacia sí, como un agujero negro sin control. El rostro desencajado, la mirada inyectada en rabia. La saliva saltando por los labios, perdido el reflejo de controlarla. La vista, borrosa. Sin sentido. Los nudillos rojos, hinchados, sangrando.
El mounstro se detiene, lleno de ira irracional, primitiva. La cordura se asoma, pero es tarde, no debe dejarse atrapar por la vorágine, pues todo se perdería. Corre, corre, corre, pero no puede salir del cuerpo. Corre. El corazón late, fuerte, haciéndose sentir. Cada latido cuenta. Boom… Boom… Boom…
La ira se desespera, mala compañera, signo de debilidad. Debe apurarse y retomar el control del cuerpo. Por fin bloquea a la cordura. Entre el hipotálamo y la base posterior del cerebro. El momento más importante ha llegado, lucha milenaria y extrasensorial entre el bien y el mal. Todo se resume a este momento.
Por un lado se ve a la razón sin sentido, tirada en un rincón. Sangrando, postrada, inerte. Hace rato que la perdimos.
La cordura acusa el golpe. La ira se regocija en la victoria. Esta vez, la puerta, que se atravesó en el camino, fue convertida en un misil que choca contra el marco, produciendo un ruido ensordecedor.
La calma esta muy lejos de llegar, se encuentra sola la cordura ante su futuro verdugo. El demonio de la ira levanta llamas que queman las neuronas. Crece el odio, el resentimiento y la crueldad. Salen a flote. Gritos lastiman. Boca seca. Sin sentido, perdido.
Un escalofrío sube por la espalda, profundo, frío, triste. Como un viento helado hace presencia la tristeza. Sin embargo, la cordura aún esta de pie. No cae… Mantente, susurra la razón.
Se descontrola la ira, desespera, gasta energía, pero la cordura, golpeada, aun esta de pie. Resiste, aguanta, ataca. Ataca, sin pegar, sólo manteniéndose en pie. Resiste, aguanta, ataca.
La vorágine pierde fuerza, la ira poco a poco va perdiendo tamaño y se retira a su hueco subterráneo dentro del cuerpo. La cordura aún se mantiene, pero no se puede erguir y justo cuando se va a desplomar, el arrepentimiento le tiende la mano.
Los ojos ven claro, los oídos dejan de zumbar. Los latidos del corazón se sienten en los nudillos hinchados, ya la sangre hizo costra, pero los dedos duelen al moverlos.
El cerebro procesa la imagen de un rostro consternado, asustado, triste. Un rostro asociado al amor, a la felicidad. La vergüenza comienza a levantar el desastre, la calma aún no llega. La cordura ve a su alrededor y piensa – Pudo haber sido peor.

Pero en su interior, le asusta que pronto, muy pronto y en el momento menos pensado, la ira volverá y tal vez no seamos tan afortunados. El amor le abraza agradeciéndole, mutilado, triste y sin paz.

martes, 3 de noviembre de 2009

Trifulca en la grada


Creo que es una realidad para mucha gente, que en Venezuela se está perdiendo la ciudadanía. Y no es en el sentido de cualidad de un individuo, ni en el sentido de sus derechos, realmente es una perdida de la capacidad de cumplimiento de los deberes que vienen intrínsecos con esta condición, como individuos que formamos parte de una misma comunidad política, económica y social.
Todo este preámbulo es para narrar un hecho que me ha llamado mucho la atención, no sólo por el hecho en sí, sino por lo común del mismo.
Para nadie tampoco es secreto que el respeto a las instituciones ha venido a menos. De la “investidura”  o lo que representaba cada cargo participante de la vida pública nacional se encuentra por decir lo menos, en un completo abandono y sigue cayendo en picada.
Por cuestiones de trabajo, me ha tocado ir al estadio a cubrir los juegos de pelota del actual campeonato de la Liga Profesional de Béisbol. Y para más suerte mía he ido a los 2 Caracas- Magallanes que se han jugado en el Universitario de la ciudad capital.
Más allá de lo bonito del espectáculo que han dado los dos clubes esta temporada, más allá de la rivalidad, harta conocida y defendida por cada fanático, en la cual cada detalle que te hace ser mejor que el otro cuenta; que si los títulos, que si la serie particular, que si los mejores grandes ligas, que si los mejores peloteros. Más allá de todo eso, hay una realidad que particularmente me preocupa, pues no habla de un futuro más esperanzador.
Como siempre el grupo más desordenado o como se dice en criollo “rochelero” son las gradas. Tal vez una zona con más libertades por lo amplio, tal vez por la cantidad de gente. Sea cual sea la razón, en las gradas uno siempre va a ver mucha alegría, bulla, lluvia de cerveza y de vez en cuando, dos sentimientos encontrados de fanáticos que resuelven sus diferencias y hacen respetar los colores de su pasión con la violencia. Otras veces, las gradas son caldo de cultivo de facinerosos, que mientras un equipo hace lo propio por ganar como estafar algunas bases, ellos se dedican a hacer lo propio pero robando a fanáticos que esperaban cualquier cosa menos ser victimas de la delincuencia
Cuando esto sucede, efectivos de la Policía Metropolitana, una de las tantas instituciones de orden público que hacen vida en el estadio, armados con cascos antimotín, peinillas y a veces escudos, entran a las gradas, dispersando al publico presente y buscando a los individuos que fomentaron la violencia, sea cual sea su tipo. Allá en la distancia, desde las tribunas, los fanáticos o desde el palco de prensa, los que trabajan, se dan cuenta de que sucede algo, pues el público de gradas, luego de estar apiñados se separan a gran velocidad, dejando unos vacíos enormes que lo hacen a uno preguntarse ¿Dónde está la gente que antes estaba allí?
Hasta acá todo normal, dentro la conciencia del venezolano, “son cosas que pasan” dice uno mentalmente y luego de ver morbosamente a través del lente de la cámara, como los policías empuñan las peinillas y las dejan caer sobre blandas humanidades, vuelve uno a la pasional tranquilidad del juego. Lo que me llama la atención es que últimamente, cada vez que la policía entra rompiendo caras, empujando gente y humillando muchedumbres, no son recibidas con agrado y aunque el vacío impresionante en las gradas se sigue haciendo, una lluvia de proyectiles, formadas por los vasos de plástico aun llenos de cerveza, o veces de orine; según las malas lenguas, caen directamente sobre la escuadra de policías, impactando en el casco o en la cara directamente.
Pero aún más sorprendente y contrario a lo que se podría pensar, estos bombardeos defensivos no vienen de lanzadores anónimos. No, no viene de uno más de la masa, escondido tras los cuerpos de la primera fila, una mano que aparece lanza el vaso y vuelve a esconderse… ¡No! Son esos mismos que se encuentran en primera fila los que impactan con los vasos a los oficiales del orden público. Los que se encaran con los funcionarios, cuando con peinilla en una mano y la otra por la “pechera” exigen explicaciones, mientras muchos otros vasos siguen haciendo blanco en la “autoridad” dejándolos empapados de pies a cabeza de un líquido que bien podría ser cerveza.
Los uniformados tratan de multiplicarse, pero son desbordados por las oleadas de proyectiles improvisados, y es cuando, desde la tranquilidad de las tribunas o palco de prensa según el caso, nace una nueva pregunta ¿Cómo se multiplican los vasos plásticos?, porque por más cervezas que hayan comprado en algún momento se tienen que acabar, es una cuestión de física simple, por el espacio y una cuestión matemática, si tienes cinco vasos, al quinto lanzamiento te quedas sin proyectiles.
Y así, empapados de pies a cabeza, el escudo manchado y las peinillas aún vibrando por la última mordida en la blanda carne de un fanático, se retira la policía, serpenteando a través de un laberinto de rabia, recelo e insultos creado por ellos mismos, a refugiarse en la tranquilidad que brinda el comando improvisado que se encuentra en cada una de las salidas.
Lo policías que se encuentran asignados en las tribunas, miran la escena que se repite mínimo hasta 4 veces más, según el juego; sonriendo y con la esperanza que en el próximo sorteo de posiciones no sean ellos los que entren en el campo enemigo y salgan con el rabo entre las piernas.
Lo realmente preocupante es que esto es una muestra inequívoca de lo deteriorada que están nuestras instituciones y el poco respeto que le muestra el “ciudadano” a la autoridad. Y lo peor es que no es un comportamiento aislado, un “de vez en cuando”, es una constante de conducta anticívica que se ve en distintas facetas. Cuando nos comemos el semáforo, cuando nos estacionamos en doble fila y ni siquiera esta permitida una, cuando nos hacemos los dormidos para no ceder el puesto en la abarrotada camioneta de pasajeros. Cuando le rogamos a un profesor salir temprano de la clase cuando llegamos tarde. En fin, nunca terminaría si sigo enumerando formas en que esta conducta inapropiada se hace presente y además no creo que haga falta, cada uno de nosotros ha vivido en carne propia esta experiencia y cada quien es libre de hacer su propia lista. Es más, sería un ejercicio interesante luego comparar listas y tachar aquellos espacios comunes, para ver cuan real es esto.
Más allá de buscar culpables y crucificarlos en un bando u otro, creo que si existe una razón para todo esto es el alto grado de impunidad que existe en el país, en donde cualquiera, bien apoyado se puede salir con la suya en cualquier momento y en cualquier lugar. O simplemente vemos figuras de autoridad lo suficientemente sinvergüenzas como para permitir una infracción y castigar a quién hace la observación de la misma.
Creo que la reflexión que yo me hice es válida para todos aquellos que puedan elaborar una lista de más de cinco ítems anticívicos y de verdad ir tomando conciencia de hacer nosotros lo que nos corresponde y así lograr, no un mejor país para sonar utópico, sino una mejor manera de vivir en comunidad.