jueves, 21 de abril de 2011

La Misión (10/10)

Al llegar al cobertizo, se escondió bajo la tienda y en el piso rompió en llanto. Su llanto era amargo debido a que conocía la verdad y eso era peor que vivir en la ignorancia ya había visto el futuro, sabía lo que iba a pasar. No había vuelta atrás, una acción desencadena otra. Todo por culpa de él. Su madre tuvo razón al aborrecerlo, pero hizo mal en abandonarle, lo debieron haber matado y de esta manera él no hubiese sido quien traicionó a Jesucristo. ¿Qué iba a hacer después de todo esto?, ¿a dónde se va esconder?, ¿de qué va a vivir?
Mientras todas estas dudas daban vueltas en su cabeza, se incorporó y miró a su alrededor, sus ojos se tornaron sombríos. Mecánicamente, buscó una esquina del cobertizo, muy calmado, sin desesperar. Se acercó lentamente a esa esquina. Se agachó, recogió algo y se fue a un árbol cercano. Dejó de pensar en los problemas y dijo en voz alta: - Ya encontré la solución.- subió a un montículo y antes de saltar gritó: - Yo también te amaba.
El sol que siguió su curso, ya se encontraba al final del mismo, la brisa fría de la noche desértica empezaba a soplar. El paisaje era idéntico al de la noche anterior, solamente, a lo lejos y visto hacia el horizonte, un cuerpo inerte se balanceaba sobre la rama de un árbol. Un cuerpo que nadie lloró, ni reclamó. Sólo fue recordado por los siglos de los siglos como el traidor que entregó a Jesucristo

La Misión (9/10)


- Eso no puede seguir así, es una gran equivocación, te lo imploro, déjalo libre…. O harás que te…
- ¡No! ¡Te acabo de decir que no!, o ¿qué harás? ¿Tú tomarías su puesto?... Ya recibiste tu pago, anda y alimenta a tus mugrientos pobres, con todo ese dinero que te dimos. Y no vuelvas más o te encontraras con el filo de la espada de algunos centuriones.
- He traicionado sangre inocente, ¡ya no quiero tu maldito dinero, un dinero lleno de sangre!
Y diciendo esto, Judas se arrancó de la cintura la bolsita de cuero con las treinta monedas de plata y se las arrojó a los pies de Caifás. Con lágrimas en los ojos corrió lo más rápido que pudo hacia el terreno elevado, a las afueras de la ciudad en donde se encontraba el cobertizo, llevándose por delante todo aquello que se encontraba a su paso. Dada la rapidéz con la que se desplazaba, perdió una sandalia en el camino, su pie sentía el dolor penetrante al encontrarse con las espinas del camino y las ramas de los cactus, pero a él no le importaba, no tenía capacidad de pararse a tratar de proteger su pie. No podía dejar de correr, ya nisiquiera podía seguir viviendo.
Mientras corría, en su mente iba encontrando la respuesta; había traicionado a Jesús porque así lo había querido el Padre. Todo fue preparado desde el principio. Él fue el escogido para llevar a cabo esa tarea maldita y cargar con ese estigma por toda su vida. Pero por qué Jesús no le previno, por qué tuvo que dejar que pasara sin siquiera habérselo dicho. ¿Por qué él?, ya no había sufrido lo suficiente en toda su vida como para también ser el delator de Jesús. ¿Por qué no Pedro o Santiago?, que eran los apóstoles perfectos, que siempre siguieron todos y cada unos de los preceptos que decía el Maestro. Él también lo amaba, él también le entregó su corazón y se dispuso a seguirlo, pero no como un borrego, o como uno más, quería imprimirle su sello al reino que Jesús traería. Quería ser parte fundamental de esas enseñanzas, porque sentía que a Jesucristo le faltaba fuerza, acción, y él por su experiencia se la podría brindar. 

La Misión (8/10)


Ese panorama le lleno de un susto mortal y decidió entrar a toda costa, atravesó el corredor a toda velocidad; no se detuvo a la voz de alto que le dieran los guardias al pasar a la sala de lectura e incluso atropelló a uno de ellos que le interrumpía el paso a los aposentos de Caifás.
- ¿Qué haces aquí? No recibiste tu pago ya, 30 monedas de plata no te parecen suficientes, ¿es qué acaso quieres más?.- Fue el saludo del Sumo Sacerdote.
- Vengo a decirte que quiero deshacer el trato, ¡quiero que lo suelten! No se como pude caer en su juego político.
- Ja, ja, ja, ahora hazte el inocente, tú quieres su caída tanto como nosotros. Tú crees que es así de fácil, tú te retractas, lo dices y ya; nosotros lo soltamos. No, no, no lo creo. Ya tú diste tu palabra y nosotros te dimos la paga, no hay vuelta atrás.
-Pero… es que él es inocente, no es el que ustedes estaban buscando. Acaso lo han visto investido de poder, lo han visto dirigir un ejército… ¡No!, es sólo un loco que tiene delirios de grandeza. No es más que un pobre diablo.
- No importa lo que me vengas a decir, lo que se ha hecho ya, se ha hecho y punto. ¡No podemos volver atrás! Además, si es como tú dices, un pobre loco con delirios de grandeza, por qué te importa lo que le pueda suceder. Creedme que aunque no sea a quien hemos estado buscando, pagará como tal y su muerte servirá para calmar los ánimos del pueblo.

La Misión (7/10)


Por qué no demuestra su gran poder y hace venir un ejército que lo libere, tome su puesto de una vez como el rey de los judíos y así nos libere del dominio romano. Los Zelotes estaríamos dispuestos a luchar hasta la muerte y demostrarle al pueblo hebreo, quien es el poder. ¡Pero no!; él tiene que esperar por lo que dice el Padre, lo que le dice en sus oraciones y actuar con calma. Por eso lo entregué, por no haber cumplido con lo que nos prometió, ¿dónde está el reino que él iba a instaurar?, ¿dónde está el poder de los cielos?, ¿en dónde se están haciendo realidad las profecías de Juan el Bautista?
Judas doblaba en la esquina y se dirigía a una edificación muy antigua e imponente; era el Sanedrín, quería hablar con Caifas, el Sumo Sacerdote. En su mente todo estaba confuso, no sabía si quiera por donde empezar su conversación con el Sumo Sacerdote, incluso, no sabía si sería recibido, aunque eso era lo de menos.
Luego pensó, ¿por qué yo, luego de haberle entregado debo ser quien lo salve?, ¿no era él quien nos iba a salvar?, por qué no usa todo su poder y lo logra, de esta manera demuestra quién es el Salvador. Además, mi traición va a traer beneficios para el pueblo hebreo. Mucha gente recibirá alimentos y muchos otros, armas para continuar la lucha que nos hemos trazado. Una vez más Judas dudó.
Salió de la antesala del edificio, de nuevo vió el cielo, éste se encontraba nublado luego de haber amanecido con un sol que destellaba, vió la lluvia como una señal positiva y trato de tranquilizarse, pero en su mente sólo encontraba espacio para el temor y la duda, ya la tranquilidad y la paz no retornarían a su atormentada humanidad, él no lo sabía, pero lo comenzaba a sospechar.
Decidió seguir su camino hacia la casa de los apóstoles, sin embargo dudó, volteó la cara y vió de nuevo el edificio del Sanedrín. Algo le hacía pensar que debía entrar ya que allí encontraría la razón de su actuar. En ese momento, pasaron por su mente un sin fin de imágenes que mostraban catástrofes y desgracias; Jesús siendo golpeado por los soldados romanos, el juicio popular, en el cual el pueblo escogería la liberación de un delincuente cualquiera en vez de Jesucristo, la posterior crucifixión y todas las desgracias que caerían sobre los cristianos, las persecuciones y matanzas ordenadas por el gobierno romano, la derrota y exterminio total de los Zelotes, su propio sufrimiento al ser catalogado como el traidor, las penitencias impuestas por la sociedad, el escarnio público, las burlas, los insultos, las pedradas.

La Misión (6/10)


Tomó el pellejo de agua y enfiló a la ciudad, trataba de caminar con calma, pero sus piernas lo llevaban más rápido que lo que él quería, sin embargo eso no le molestó. Ya llegando a la casa, escucho a unas señoras que volvían de la procesión que había visto la noche anterior. – “Sabes, ese que agarraron ayer no va a sobrevivir, se lo llevaron a Caifas y a Pilatos, ya los dos lo han condenado, ahora van donde Herodes y parece que de allí tampoco va a salir bien librado.
- Ese pobre muchacho que sólo hablaba como loco, creyéndose el hijo de Dios. Me da lastima por eso, no es culpa de él.
- Y crees que eso no es suficiente, el creerse el hijo de Dios, el retar a los sacerdotes. No has visto con la clase de gente con la que se reunía, puros enfermos, pecadores, leprosos, putas. Solamente con esa última compañía es suficiente como para matarlo –dijo una tercera.
Judas Iscariote, Iscariote que significa “el que viene de Keiroth”, se sintió muy mal al escuchar estas palabras. Sin embargo, pensó que Jesús debía mostrar todo su poder, que terminara de mostrar que es el hijo de Dios para salvarse; pero como es tan terco no lo iba a hacer. Pero y sí, él es el hijo de Dios. Aunque él dudó de aquel, aquel que le tendió su mano desinteresadamente en un momento de infortunio, cuando toda la gente que él conocía lo habían abandonado. Dudó de su verdad pero, ahora si quería que demostrase que es hijo de Dios. ¿Qué ha hecho?, Judas se dejó llevar por la celeridad de sus actos, ha obrado mal. En ese momento pensó en que debía detener lo que inició.
El sol ya iluminaba toda la ciudad y Judas corría como nunca lo había hecho, mientras que en su mente y corazón se entrelazaban sentimientos de culpa, dolor y arrepentimiento. -Si sólo se mostrara como el hijo de Dios – pensó - si tan sólo diese muestras de su infinito poder se salvaría, ¿por qué no se quiere defender? Siempre tan tranquilo, es que nisiquiera en esta hora sombría se despiertan en él los sentimientos de supervivencia y actúa tomando decisiones en su vida más allá de esperar.

La Misión (5/10)


Caminó y pensó en bajar a la ciudad, tal vez ya a esta hora nadie lo vería y por lo tanto no lo reconocerían, además debía buscar unas túnicas y parte del dinero que tenia en casa de sus hermanos.
Pero rápidamente cambio de idea, ya que le asaltó un sentimiento de miedo, superior a todo aquello que había sentido en toda su vida. Incluso mayor que el dolor y el miedo que sintió cuando se enteró de su realidad. Dolor insoportable que no conoció descanso hasta que aquel entró en su vida. Divagó un rato hasta que el miedo se fue de su interior, y el sueño le volvió. Poco a poco se sintió cada vez más cansado y con menos fuerza para seguir adelante. Se recostó de nuevo y empezó a dormir, no tan tranquilo como hace dos meses, nisiquiera como hace algunas horas atrás, sin embargo durmió y soñó.
Luego de haber matado a su padre, el extranjero y de tener que refugiarse en las sombras, conoció a un grupo de personas que pensaban como él, gente con nuevas ideas políticas, que luchaban en contra de la tiranía de los extranjeros, recordó como se volvió el líder de estas personas, incluso, algunos todavía lo siguen a pesar de seguir a aquel. Lo siguen por ser una persona de acción, que demostró más de una vez en la lucha que se podía confiar en él, no solamente negociando con la palabra, sino también con la espada. Mañana, se encontraría con ellos, y les lideraría de nuevo, los guiaría a la victoria en contra de los esclavizadores.
Se levantó sobresaltado, por la excitación que le produjo el pensar en la victoria, ya casi amanecía, ahora era el momento de llegar a la casa comunal, donde vivía con aquel y los hermanos, buscar la túnica y el dinero, entre otras pertenencias que poseía allí.
Se estiró con pesadez, todavía se sentía golpeado, pero no le dio importancia, la última imagen que tenía en su mente era la de la victoria y el sacrificio de aquel, iba a ser especial, ya que significaría el inicio de la debacle de los romanos.

La Misión (4/10)


Todo continuó así, hasta la fatídica noche en la que, luego de un percance con el rebaño, su esposa le vio una marca en la espalda, que según él tenía desde niño. Su mujer se lo confesó todo; le contó de donde venía esa marca, marca puesta por ella y por su padre, le habló de la pesadilla que la invadió y el miedo que tuvo.
Él lloró amargamente al conocer toda la historia, la madre de sus dos hijos, la misma madre que por un sueño lo abandonó, un sueño en el que a él lo mostraban como el causante de toda la desgracia del pueblo hebreo, el causante de una gran catástrofe. Su padre fue ese mismo extranjero que le preguntó por su dolor; y que junto con su madre, decidieron abandonarle, lo marcaron en la espalda y lo metieron en una cesta que luego arrojaron al río. Su vida siempre fue difícil y signada por la traición. Su esposa, su madre, eran las mismas personas. Luego de 15 ó 20 años y del parricidio, se reencuentra con su madre y sin saber quien es ella, la toma como esposa, toma todas sus posesiones y además le da dos hijos, de los cuales él ya no sabe nada.
Se sienta en una roca algo consternado y dirige su mirada hacia la hilera de hogueras que ya casi ni se ven; el cielo que antes estaba despejado se tornó nublado y con signos de tormenta. Hace tanto tiempo que no llovía, eso era una señal, estaba seguro de que era una señal, una muy buena, demostraba que lo que había hecho no era malo, más bien era bueno, mejor que bueno, era beneficioso para todo el pueblo. Uno pagaba, los demás se liberaban.
Sin embargo, la tranquilidad no llegó a su interior tan rápido como en la otra oportunidad. Se enjugó las lágrimas y se incorporó; buscaba algo con la mirada, esa mirada de quien busca infructuosamente consuelo espiritual en las cosas materiales; dejó su vista quieta en una esquina del cobertizo, sobre un montón de cuerdas amontonadas. De nuevo en voz alta dijo: “Lo hice por nuestro bien”. Y su voz se perdió en la inmensidad del desierto.

La MIsión (3/10)


Volvió a mirar el cobertizo, la calma le acompaño de nuevo, se recostó en el sitio anterior y decidió descansar, ya que al día siguiente tenía una ardua jornada, debía visitar a sus antiguos compañeros de revuelta. El sueño se apoderó rápidamente de él, se sentía cansado, sumamente cansado como si llevase una gran carga encima. Cerró lo ojos y nuevamente soñó.
Las miradas de lastima que le profesaban en Keiroth, volvieron a caer sobre él, la risa de los más desconsiderados comenzó a sonar en el interior de su mente. Las miradas de pena de las mujeres avanzadas en edad que lo escrutaban como a un animal extraño e incluso, los extranjeros que sabían de su historia.
Aquel extranjero venido de muy lejos, que le preguntó a la salida de la taberna sobre su vida, quería ayudarle. Pero él, que estaba cargado de ira, no reflexionó lo que había escuchado y sin pensarlo dos veces, con la velocidad que siempre lo ha caracterizado para actuar, le dio muerte al extranjero por hablar de más. Sin siquiera conocer la verdad y el dolor que embargaban al difunto que con una historia similar había llegado a Keiroth en busca de respuestas sobre una acción del pasado que luego lamentaría hasta el fin de sus días. Después de esa muerte tuvo que huir de la isla, y se refugio en un sitio que le era familiar, aunque no lo reconocía.
Un fuerte escalofrío recorrió su espalda y lo hizo levantarse, azorado caminó hasta donde había un pellejo lleno de agua y bebió. Sudaba a cántaros y en su mente se repetía una y otra vez la imagen de su padre muerto… en sus manos…Recordó la historia completa y desde el principio. Luego de establecerse en el nuevo sitio al que había llegado, conoció a una bella viuda que poseía muchas propiedades y en función de su avaricia, rápidamente se hizo agradar por la mujer y la convirtió en su esposa. Realmente fueron felices y como prueba de su felicidad dieron al mundo dos bellos hijos.

La Misión (2/10)


Dudó... En ese instante dudó, pensó que tal vez había sido una decisión acelerada, que debió esperar un poco más antes de tomar semejante responsabilidad. Su mano buscó el saco de monedas y se tranquilizó, de nuevo visualizó todo lo que podía llegar a hacer con ese dinero, armar a su gente, comprar comida para los pobres. Realmente tenía mucho dinero, mucha plata.
Se recostó bajo una tienda, que de día los albañiles usaban para comer protegidos de los inclementes rayos del sol y de cara al cielo, observando lo despejado que estaba empezó a dormir.
En su sueño, recordó su infancia, la felicidad de los primeros años truncada por la pesadilla que invadió a su madre y la decisión que siempre consideró el principio de todos sus problemas: el abandono y la separación a temprana edad de la familia, la adopción por parte de una nueva, que era la dominante en la Isla de Keiroth. Su hermanastro, por el cual tuvo que dejar su nueva vida y fue sometido a las mayores vejaciones y humillaciones por parte de la sociedad.
Se despertó, sudoroso, nervioso y con un mal sabor al recordar esas etapas sombrías de su vida. Recordó la deshonra que le hizo pasar su madrastra al reconocer públicamente que él había sido adoptado por ella, luego de encontrarlo. La humillación lo hizo huir y refugiarse en las sombras ya que no soportaba las miradas de reprobación y lastima con que las demás personas lo observaban.
De nuevo miró al cielo y en su mente la imagen de aquel lo hizo reconfortarse, sin embargo, esa sensación no duro mucho, recordó que acababa de traicionarlo. Se turbó y dijo en voz alta: “Lo hice por nuestro bien”. Lo repitió varias veces, su voz cortó la tranquilidad de la noche, aunque a lo lejos se escuchaba una algarabía y se podía observar una larga hilera luminosa, que no era otra cosa más que la muchedumbre del pueblo, en procesión, tras aquel.

La Misión (1/10)


Las monedas tintineaban en su saco, a la par que sus pasos lo llevaban a un sitio lejano donde pudiese pensar con claridad. Acababa de realizar una acción con tal celeridad, que no estaba muy seguro de por qué lo había hecho.
Ya había caído la noche sobre la ciudad, un fuerte y frío viento comenzaba a soplar, así son las noches en el desierto. No quería volver con ellos, tenía una sensación desagradable en su interior; tenía unas grandes ganas de pensar en lo que había hecho. Él no creía que había actuado mal, estaba seguro de sus convicciones, sabía que era lo mejor que podía pasar, ya no había más esperanzas. Aquel, los estaba estancando en una situación de pasividad desesperante, no se actuaba, sólo se esperaba y no siempre era bueno lo que se recibía de la espera.
Él estaba acostumbrado a las acciones, una acción desencadena otra y así es como siempre había vivido su vida. Aquel, que prometió tanto y no hizo más que hablar y hablar, prometer y prometer; pero nunca actuó, tuvo mucha gente como para dirigir una revuelta en contra del régimen. Él mismo habría dado su vida por aquel, si hubiese enfrentado por la fuerza a los sumos sacerdotes y líderes de la comunidad, incluso en contra de los gobernantes extranjeros y sus grandes ejércitos que dominaban al pueblo que él tanto amaba.
Llegó al terreno que había canjeado con un pastor por unas cabras. Un cobertizo humilde, algo escondido, en donde se podía fácilmente ver la ciudad de cerca, pero lo suficientemente lejos como para pasar desapercibido mientras se observaban los acantonamientos del ejército. Vio los adelantos de las construcciones y se sintió complacido, allí se edificaría el nacimiento del nuevo régimen por parte de los revolucionarios. Y por un momento visualizó muchas de las grandes obras que podrían llegar a hacer, muchas de las cuales soñó con aquel, a quien había entregado.

sábado, 31 de julio de 2010

Deseo (7)


Verónica, como por instinto, se excusó con Delia, se levantó de la mesa y se fue al baño, como si Abel pudiese sentirla a través del teléfono.
En la soledad del baño, mientras se sonreía de la vida y ese episodio en particular, rememoró como terminó aquel día con Abel. Cuando llegó a su casa y aun con ganas de sentir la grandiosa agonía del orgasmo, se desnudó, dejando un camino de ropa a lo largo de la casa- ventajas de vivir sola, diría ella- y se acostó, dejando todo el placentero trabajo de apagar el fuego a sus dedos. Nunca fue amiga de los consoladores. Prefería sentirse, tocarse y disfrutarse ella misma. Conocer cada pulgada de su sexo, embriagarse por el contacto de sus propios jugos y no sentir la necesidad de esconderse detrás de ningún hombre o artilugio para conseguir el placer.
Se colocó una almohada bajo la pelvis, levantando un poco su sexo, dejando más al descubierto el clítoris, que se abría camino entre los labios menores. Sus manos, interpretaban el papel de unas manos desconocidas, que recorrían su cuerpo y cuyo único objetivo era llegar a su vagina. Justo allí, un afluente fluvial se desataba, dando cuenta de su estado de excitación y permitía que sus dedos se humectaran antes de asaltar el clítoris, con un frenético, pero delicado movimiento circular, en el cual la yema de los dedos hacían una leve presión, enviando pequeñas descargas eléctricas a un ritmo desenfrenado, por todo el cuerpo, hacia el cerebro.
Obviamente, su imaginación tenía una importancia capital durante estas sesiones de masturbación, pues recreaban el ambiente necesario para lograr la máxima satisfacción sexual que podía obtener de esa forma. A veces, fantaseaba con gente imaginaria, que tenían un cúmulo de características especiales, tanto físicas como psicológicas. Otras veces, simplemente se dejaba llevar, por momentos o “escenas” vividas en su vida, situaciones lo suficientemente buenas como para revivirlas en la intimidad. Y otras, el desespero de la falta de intimidad se convertía en una buena excusa para encontrarse con ella misma.
Esa noche, no necesitaba mucho estímulo, pues el inicio de la noche la habían dejado con muchas ganas. Su mente, comenzaba a preparar lo que hubiese sido la noche perfecta y unas piernas bien definidas, tatuadas, se dibujaron en su mente.

Deseo (6)


Se levantó de la cama y escuchó decir a Abel –“Reinita, de verdad te amo, no sé que me pasó. Es la primera vez que me pasa algo así, no te sientas mal, porque no te estoy mintiendo, de verdad te amo.”
El tono suplicante y lastimero de Abel, le molestó un poco, pero se mantuvo serena y le dijo, lo más cariñosa que podía sonar. –“Tranquilo Abel, esas cosas pasan. Hoy ha sido un buen día, de muchas emociones. No te preocupes, de…”
“- Yo sabía mi amada, sabía que me ibas a entender”- la interrumpió Abel, un poco más dispuesto que segundos atrás.- “Eres mi alma gemela, ¿qué bella como me entiendes? Yo lo supe desde que nos entendimos en la cama”
La cara de Verónica era un poema. Una mezcla de indignación, con orgullo femenino y ganas insatisfechas. No supo que responder a eso. Recogió la ropa del suelo y fue al baño. Necesitaba quitarse el olor a saliva que le recordaba a Abel, además necesitaba parar ese calor que sentía por dentro, remanente del buen inicio de la noche.
En el baño lamentó el collar roto y el bikini menos. Entró en la ducha y tomó un baño rápido, necesitaba salir de allí, antes de que a Abel, se le ocurriera la brillante idea de volver a intentarlo. Se vistió y volvió a lamentarse por los objetos perdidos. Se miró en el espejo y con una mueca de risa, se lamentó de su situación.
Al salir del baño se dio cuenta que Abel dormía desnudo en la cama. Verónica volvió a sonreír. Ahora tenía que agarrar un taxi y salir como si fuese una prostituta, antes del cliente, que se queda a dormir en el hotel, mientras ella sale en silencio. -“Por eso es que cobran antes del “show”. Irónica la vida” pensó y Verónica, volvió a sonreír.
Sin hacer bulla salió, tratando de dejar atrás este fatídico episodio de su vida, pensando en que manera le iban a pagar sus amigos por este error. Lamentablemente para Verónica, no todo quedó allí, en ese hotel cinco estrellas de la ciudad. Lo más difícil fue sacar al buena gente de Abel de su vida. Realmente fue muy difícil.
“…No woman no cry/ Oh my Little sister/ don't she'd no tears…” La música sacó de sus pensamientos a Verónica. Delia, reía a su lado. Cómplice por el recuerdo de Abel y le dijo – “Hablando del rey de Roma, quien se asoma”
“- ¿Qué? ¿Ese es Abel?” Preguntó ella sorprendida y controlando un reflejo de salir corriendo. -“Si” –Contestó Delia, aun sonriendo. –“Agustín le cambió el tono del celular, después que nos contaste. Creo que escogió uno bien acertado.” Delia no puedo más y rompió la tranquilidad del momento con una carcajada, que hizo que Agustín se volteara y con teléfono en mano y le hiciera una seña para que se quedará callada.

miércoles, 21 de julio de 2010

Deseo (5)


Verónica no salía de su asombro, como una noche que había empezado tan bien, estuviese tomando estos derroteros. Ella tampoco era tan bella, como para que Abel se convirtiera en un primate. ¿Dónde estaba el caballero que le prestó el saco cuando hizo frío? O para no ir tan lejos, ¿dónde estaba el hombre que se le insinúo en el ascensor?
Volvió a la realidad cuando sintió un dolor en el pezón derecho. La había mordido, el muy idiota la había mordido, agregando –“ ¿te gustó, verdad? Si… sé que te gustó por como te estremeciste”
Verónica, se encontraba deseando que todo terminara ya, necesitaba salir de allí. La mano izquierda del torpe invasor se estaba dirigiendo hacia su braga, el objetivo era su sexo. La derecha seguía apretando el adolorido pezón mordido mientras la boca de él, esparcía su saliva por el seno izquierdo. Chupaba como si estuviese tomando refresco de un pitillo. No era nada agradable.
“-Hay que darle cariñito a las 2 niñitas por igual… ¿Verdad, bebe?” Esa era la guinda del helado. Verónica no podía creer que el tipo joven y culto, caballeroso por demás, que le había brindado una velada espectacular antes de llegar al hotel, se había convertido en ese ser tan baboso y mala cama. Pero aun, no había llegado lo peor.
El objetivo de su mano izquierda no era el sexo de Verónica en sí. Eran las bragas, que arrancó lastimándole la piel de la cadera mientras decía:- “Te amo, nena, ¡ Te amo! ¡Tengo unas ganas de ti que voy a reventar!”
Verónica se sorprendió por la confesión realizada por Abel, más, porque todo su lenguaje corporal revelaba que no quería que él llegara a consumar el acto. Sin embargo, él no de daba cuenta de eso y gritaba que la amaba mientras se erguía en el piso para quitarse el interior tipo tanga y resollaba –“Uy,que rico, ¡que rico, bebe!
Desnuda, sobre la cama, Verónica se sentía vulnerable, la más desprotegida del mundo, aunque al ver a Abel así, sintió lástima de él. No era la primera vez que justificaba la manera de actuar de una persona. Trataba de entender cada una de las circunstancias que podían afectar a un ser humano. No era la primera vez que estaba con alguien que no sabía lo que hacía, además, él se había portado muy bien con ella. Y no se había puesto violento, sino excitado y eso le había hecho perder el control.
De pronto, vio algo que la alteró, aunque fue más lo que tuvo que contener la risa que lo que la turbó, pues Abel, con el juego previó y el roce de sus manos sobre el pene mientras se quitaba el interior, eyaculó sobre los pantalones. No era mentira su confesión en la que decía que estaba por estallar.
La cara de Abel, pasó por todos los colores posibles. Sus ojos se abrieron desmesuradamente como buscando una explicación en el rostro de Verónica, quien tuvo que volver a hacer un esfuerzo para no sonreír. Sobre todo, porque a su mente vino parte del estribillo de una canción de Willie Colón “…Esta es la historia de cayo condón, no le dio tiempo a ponerse el sombrero…”
Abel, retrocedió 3 pasos, arrastrando los pies y se dejó caer en un sillón, sobre su chaqueta. En sus manos, se solidificaba su líquido fecundador, mientras que en el borde de la cama, goteaba hasta formar un charco espeso sobre el pantalón.
Pasaron unos segundos que a Verónica le parecieron eternos. Trato de ver hacia otro lado como no dándole importancia al asunto, pero vio cuando los ojos de Abel se iban poniendo vidriosos. Ella tenía que tomar cartas en el asunto, si quería salir de allí y que la pesadilla de esa noche acabara. Sonrió para sí y pensó -“Realmente ya acabó, necesito que se termine la noche.” 

lunes, 19 de julio de 2010

Deseo (4)


Ella, vestida con una camisa blanca de mangas ¾ y botones, unos brassiers 34B. Una falda vaporosa, tres dedos más abajo de las rodillas, color negro. Un cinturón negro con detalles en azul y plata, que hacían juego con los zapatos puntiagudos y tacón de aguja. Con unos collares de piedras, del mismo azul que el detalle del cinturón, muy largo, con 2 vueltas sobre su cuello y que se enredaba en las manos de él.
Por su parte Abel, tenía un jean azul, zapatos negros tipo mocasín con punta cuadrada, una camisa verde tornasol, manga larga y un saco, que gracias a Dios, ella ya lo había lanzado sobre uno de los sillones de la habitación.
Realmente, la ropa estaba difícil. La falda y el pantalón de él, parecían no querer desabotonarse. Tal vez era una señal, ignorada, de lo que iba a suceder a continuación.
Ella tomó el control de sus prendas y se deshizo de la falda y la camisa. Quedó solamente con la ropa interior. Unas bragas tipo “hilo”, de encaje negro. Que realzaban el blanco marfil de su piel. El brassier 34B, ofreció menos resistencia que la falda y la camisa. Al caer, se asomaron unos senos firmes y en su sitio, con unas aureolas rosadas y unos pezones erguidos, signo inequívoco de estar en la senda correcta.
El collar se había roto y en ese momento no importó. Ella tenía la cama a su espalda y se dejo caer. Abel, no podía zafarse el pantalón, pues de la emoción, se los estaba bajando sin haberse quitado los zapatos. Cuando vio el cuerpo semidesnudo de Verónica, se tomó un tiempo para observar y comenzó a sudar profusamente. Las manos le temblaban y menos podía seguir de pie mientras hacía malabares.
Y no era para menos, pues la luz tenue de la habitación, hacía un juego de claroscuro sobre el cuerpo de Verónica, haciéndola etérea, casi mágica. Su cabello negro, corto, realzaba los finos rasgos de su rostro. Sus brazos, delicados, pero mostraban las huellas de la práctica deportiva. Su abdomen plano, marcado, aunque signado por el eterno reclamo por excesos de días anteriores. Sus piernas, torneadas, largas. Esbeltas. Parece mentira, que durante su adolescencia, esas mismas piernas le hubiesen causado tanto dolor. En el colegio la llamaban “avestruz”, por lo rápido que corría y por lo largas y flacas que eran esas mismas piernas que han hecho babear a más de uno.
Y allí estaba Abel, babeando y balbuceando. Con la camisa abierta, una pierna fuera del pantalón, con la media puesta. Y la otra pierna, entablando una lucha sin cuartel para salir con el zapato puesto.
Ella sonrió y esta vez fue ella quien lo atrajo hacia la cama y buscó su boca. Los labios se encontraron uno contra otro, mientras las manos de ella hacían ágiles movimientos para sacarle la camisa. De pronto, una desesperación se apoderó de Abel y abrió la boca, como un pez fuera del agua. Y literalmente se tragó los labios carnosos de Verónica. Al saberse liberado de la camisa, la abrazó, con una mano por la cintura y la otra apretándole la cara contra la de él, al tiempo que sacaba la lengua. Esta parecía un instrumento de tortura medieval, moviéndose de manera desenfrenada a lo largo y ancho de la boca y la garganta. ¿Tal vez Abel tenía un injerto en la lengua, qué la hacía más larga de lo normal?
Instintivamente Verónica quiso zafarse, pero fue lanzada con fuerza sobre la cama, por lo menos ya no tenía esa larga lengua registrándole la boca de manera poco natural. Sin embargo lo que vino no fue mejor, las manos torpes de Abel comenzaron a apretarle los senos, como si quisiera exprimirles el jugo. Por momentos dejaba de hacer eso y se concentraba en los pezones, como si fuesen la perilla de un radio viejo y estuviese sintonizándolo.

miércoles, 14 de julio de 2010

Deseo (3)

A pesar de eso, Abel parecía divertido, responsable y caballero. Así que dejándose influenciar por Delia y  Agustín, le dio una oportunidad al bueno de Abel. Tal vez, luego de superados los formalismos del noviazgo, sería un poco más fogoso. Pero no fue así. Se convirtió en una mala experiencia en la vida de Verónica, que además le preocupaba, como iba a ser afectada la relación de ella con Delia y Agustín, sobretodo con él.
La primera noche que pasaron juntos después de ser novios, empezó muy bien. Abel la pasó buscando al trabajo, un viernes. Y la llevó a un restaurant, que el techo se abre y dejaba ver las estrellas, exclusivo y muy romántico. Al llegar, una botella de vino blanco Chardonnay, muy joven y en la temperatura perfecta, sirvió de antesala a lo que se podía esperar de esa noche. La comida, en su justa medida, gourmet, ni mucho ni poco, estaba perfecta. Ella pidió salmón ahumado con salsa de champiñones, puré de papas hecho con leche de cabra. Era la primera vez que comía salmón y leche de cabra. Definitivamente la noche prometía.
Él se desvivió en atenciones. Le abría la puerta, le arrimaba la silla, incluso le prestó el saco, cuando entrada la noche y aun bajo las estrellas, ella comenzó a tiritar. Inclusive, muy decentemente le preguntó si ella quería seguir la velada con él en un sitio más intimo, o si quería ir a descansar. -“La noche es joven y yo… Yo soy toda tuya” - Fue su respuesta.
“-…I know/ there's only/ only one like you/ There's no way/ they could have made two…” La voz cálida y penetrante de Barry White, creaba el ambiente en el carro, las sensaciones, las ganas y el deseo se iban apoderando de Verónica, que no podía creer que esta era la misma persona que casi no la había tocado, durante el noviazgo.
Abel, se veía seguro, lo que le brindaba un sexappeal, que no era muy común en él. Porque, aunque tenía todo el porte de galán, le faltaba un poco de malicia.
Verónica quedo aun más gratamente sorprendida, cuando llegaron al lobby de un hotel cinco estrellas, perteneciente a una famosa cadena internacional. -“Quise que esta vez fuese lo más especial para ambos”- dijo Abel al ver la cara de asombro de Verónica, que a manera de agradecimiento y aprobación sonrió, bajando un poco la cara y entrecerrando los ojos un poco. Dejando el aire impregnado con su pícara inocencia. Truco que aprendió poco a poco con el primer hombre de su vida, su padre. Nunca le negó nada cuando ella hacia ese gesto. Y siempre se lo dijo. –“Hija, cada vez que haces eso me desarmas”
En el ascensor del hotel, subiendo a la suite 1003, comenzó el juego. Abel la atrajo hacia sí. Acercó sus labios a los de ella, pero no la besó, solo rozó su mejilla izquierda y siguió bajando hasta el cuello. Un temblor estremeció las piernas de Verónica, que se aferró a la nuca de él, introduciendo los dedos entre el cabello, rozando con fuerza el cuero cabelludo. Sus labios, intentaban reclamar el lóbulo de la oreja derecha de él.
El pitido del ascensor fue escuchado de mala gana, pues se tuvieron que separar, pero lo agradecieron cuando al abrirse la puerta, entraba una pareja de octogenarios turistas, vestidos elegantemente, que iban a disfrutar del bingo del hotel.
Pasada la formalidad de la salida del ascensor, el incomodo momento de encontrar la fulana habitación y el desespero de abrir la puerta con la tarjeta digital, que no siempre hace contacto a la primera. Y se encontraron, en menos de lo que se piensa, luchando contra la ropa.

lunes, 5 de julio de 2010

Deseo (2)

“Mija, ¿te perdiste? ¿para donde te fuiste?”- dijo Delia y Verónica salió de su ensimismamiento un poco angustiada y sobresaltada - “ ¿No escuchaste lo que te dije? Horribles esos shorcitos de Agustín, ¡Horribles!”.




Verónica, rápidamente trató de reagrupar sus pensamientos, mientras enterraba en su subconsciente la imagen de las piernas de Agustín, atinando a decir:-“Si… si, no puedo creer que salga con eso, es que me he quedado lela”. Mentira, realmente creía que le quedaba muy, pero muy bien. Además, él siempre se ha sentido a gusto con los colores chillones, esos que muy poca gente tiene el valor de ponerse.


“-Agustín, ¿no te da pena salir con eso a la calle?” dijo Verónica cuando se topó con la mirada de Agustín saliendo del baño. –“ ¡Ah, bueno! ¿te contagiaste de la mente cerrada? Yo sabía que eso se pegaba y no hay cura.”


Verónica volvió a reír, esta vez muy descarada y con una risa sonora que alegraba la estancia, además intentaba tapar el rubor de sus mejillas con las manos que se llevaba a la cara. En cambio Delia, soltó un gruñido de desaprobación mientras miraba inquisidoramente a Agustín y se preparaba a responder. Él, rápidamente y con la experiencia de mil enfrentamientos perdidos, entorno los ojos y se acercó cariñosamente abrazándola. –“ ¡Mentira, mi cosha peshosha! mentira, que la mente cerrada si se cura. Con cariño y mucho amor de este loquito. Con paciencia y salivita”


Delia trataba de zafarse del abrazo zalamero y los besos sonoros que le propina Agustín, que pronto transforma sus manos en armas de cosquillas masivas, atacándole los costados y haciéndola revolverse sobre sí, mientras lo amenazaba entre risas y gritos nerviosos.


“- Se viene la segunda parte, de este partido ¡Impresionante!” la voz del narrador hizo las veces del la campana del perro de Pavlov, Agustín soltó su presa y se despidió dando saltos cortos de izquierda a derecha, como si evitara una ráfaga de objetos lanzados en su contra. ¡Pshhhh! El sonido producido por la lata al abrirla, tapó los comentarios que lanzaba Delia desde la cocina. Y mientras un sorbo frío de una rubia “Grolsch” bajaba por la garganta de Agustín, que con los ojos cerrados, la mente en blanco, se dejaba arrullar por la risa más encantadora que ha escuchado. La de Verónica.


“-Arranca el segundo tiempo, no hay modificaciones por ninguno de los dos equipos…” sonaba de fondo mientras Verónica, recobrando la compostura y con una sonrisa franca decía:-“Qué bello lo que ustedes tienen, Agustín te adora”


Delia, aun con la cara roja por el esfuerzo, no pudo ocultar su satisfacción por el comentario de su mejor amiga. Comentario por demás muy cierto y que la llenaba de alegría.-“Gracias amiga, ya veras que tú también conseguirás a alguien así. Y podrás vivir tu historia de amor.”


“Nada de eso. ¿Quién te dijo que yo quería historias románticas, de príncipes azules? Yo lo que quiero es disfrutar mi vida y un tipo que me sepa atender… No que después de todo, tenga que terminar yo sola el trabajo. ¡Jajaja!” Verónica volvió a reír y Delia, entre horrorizada y cómplice le devolvió la risa.


“-Vero, no seas rata, ¿qué es eso?”


“- Tú sabes, no te hagas la loca, que yo te conté lo que me pasó con Abel”


La historia de Abel es un tanto desafortunada. Realmente más que desafortunada era triste, una historia de expectativas opuestas. De entregas inconclusas o erradas. Abel, un amigo de Agustín, había salido un par de meses con Verónica ante de pedirle que fuesen novios. Abel, era un tipo bien parecido, de ojos verdes y cabello amarillo, las huellas de un ancestro alemán eran notables. Muy culto y por sobre todo una persona de muy buenos sentimientos. Digno heredero del nombre del personaje bíblico original. Sin embargo, era muy formal para ella. En esos dos meses, sus encuentros carnales sólo habían conducido hasta un sostén desabrochado, unos botones de camisa rotos y un mano muy tímida, casi, rozando sus nalgas.

lunes, 28 de junio de 2010

Deseo (1)

Allí estaba él. Sentado en el mueble viendo televisión. Fútbol, como siempre. Bailando entre el borde del asiento y el espaldar, según la emoción del momento. Según anduviese el equipo. Con gestos en la cara que denotaban su desesperación cuando perdían el balón, o el grito mudo de gol, cortado de golpe, por los escasos centímetros que separaban el esférico del fondo de la red. Ese, no era un buen momento para acercársele, cuando lo interrumpían no decía nada, pero como lo sufría.
Era tácito, todos sabíamos eso, bueno, yo lo sabía, pero Delia no hacía otra cosa que preguntarle y hablarle de cualquier cosa, en ese preciso momento. Él volteaba un par de veces, sonriendo. La tercera vez, su mirada gélida se posaba sobre ella, mirándola con sumo desprecio. Y si se aventuraba a una cuarta, se paraba y apagaba el televisor, a la vez que decía, “Bien, hoy no es día de fútbol. Tampoco es que me importe. Como no me gusta, no hay problema” y se dirigía al cuarto y se recostaba en la cama a ver el techo.
Muchas veces vi esa escena entre Delia y Agustín, suficiente con la primera para saber que no lo debía hacer. Realmente fueron más de las que debí ver. Lo peor es que no terminaban sólo en eso. Al final, se creaba una bola de nieve que los hacía enmudecer de 3 a 4 horas. Y yo, en el medio, la amiga de los dos.
Un grito de gol, sacó a Verónica de sus pensamientos. Agustín saltaba como poseído y se abrazaba con fanáticos imaginarios. Pues solo estaban ella, Delia y él.
“!No joda! Así papá, así es que se gana, ¡pa’ que sean serios! ¡Y dónde están y dónde están, los hijoe’…”
Su cántico de celebración fue interrumpido por Delia, que venía saliendo del cuarto. “!Niño, contrólate! ¿ya vas a empezar con tus vulgaridades? ¿De qué barrio fue que te saqué?
Agustín frenó en seco. Su rostro se endureció un poco, pero no perdió la sonrisa. Verónica, se arrimó a la cocina, esperando que iniciaran la discusión. Delia miraba a Agustín y él, con el rabillo del ojo veía las repeticiones, sin quitar la cara en dirección de su novia. No paso nada, nadie dijo nada.
Delia, sintiéndose vencedora se volteó y entró a la cocina. Abrió la nevera y Verónica tuvo que contener la risa a causa de las muecas de burla que hacía Agustín, remedando a Delia, que ya cerraba la puerta y con un termo de agua se sentaba en la mesa.“ ¿Qué te pasa, Vero? Y ¿esa cara?”
Verónica, también tomaba asiento mientras sostenía una mirada pícara y cómplice de Agustín.
Y así continuaron los minutos. Delia y Verónica hablando de ofertas, de color de esmalte de uñas, de unos vestidos, de sus madres y de una que otra indecencia; en fin, cosas de mujeres. Mientras Agustín disfrutaba de las bondades terrenales de un buen domingo de fútbol, con un aun mejor resultado. Una “bocata”, tortilla de papas con chorizo español y en un pan canilla, para acompañar a las cervezas, muy frías, sacadas del congelador minutos antes del pitazo inicial y arregladas en una cava, convenientemente cerca del sofá.
Delia interrumpe su conversación cuando siente que Agustín se levanta. –“ ¿Se terminó ya?- ¡Hey! Ni lo sueñes, cuidadito con acercarte a la tele, que es sólo el descanso. Voy al baño y vuelvo”
Verónica, volvió a sonreír. Esta vez fue más evidente, realmente encontraba muy divertida la lucha de poderes por hacerse del control remoto. Y sin darse cuenta dejó que la mirada se le fuera a las piernas de Agustín, muy destapadas pues usaba un short de correr, corto, de color naranja. Con unas buenas pantorrillas bien torneadas y adornadas, en las bases, con unos tatuajes de alas, como las de las sandalias aladas del dios romano Mercurio.

miércoles, 23 de junio de 2010

Desasosiego (3/3)


Un último pedazo de su masculinidad cayó al piso y se rompió estrepitosamente contra el piso. Él no era lo suficientemente hombre para ella. Su pecado, haberla querido tanto, más que a su vida, más que a él. Más que a todo. Y así le pagaba, ella quería todo lo que Abel no era.
Luego de escuchar esta noticia, en sus labios hicieron cola cualquier cantidad de insultos y barbaridades para tratar de salir y cachetear a la creadora de tanto dolor. Su mente se encontraba al borde del colapso, pues la rápidez de sus pensamientos, le nublaban la vista. La frente se llenaba de sudor frío. Ese que pone los pelos de punta. Sus manos perdían la fuerza para llevar a cuestas la maleta. Una carga más grande él llevaba encima. Su dolor.
Pronto los lentes se empañaron. Esos lentes que tanto el cuidaba. Sí, los redonditos, esos que lo hacían parecer a John Lennon, esos que le conferían un aire de hippie perdido en el tiempo. Tanteo para buscar el pañuelo y no lo encontró. ¿Donde estaba?
Será el bolsillo izquierdo o derecho del pantalón. Tal vez en el bolsillo interno de la chamarra. Pero no apareció el bendito pañuelo y la vida parecía irse en ello. Que importaba ya el dolor causado. El problema era encontrar el pañuelo para poder limpiar los lentes de Beatles y tratar de tomar el pómulo de la puerta y salir tan lejos como los pies y piernas le dieran.
“-¡Termina de irte!”, pareció más que una orden, una suplica al fin de una pesadilla. Termina de irte fue una invitación a recoger lo poco que quedaba de la integridad y masculinidad de Abel y retirarse en busca de un futuro mejor. Termina de irte fue lo que escuchó antes de sentir como su desasosiego lo dominaba. Termina de irte fue lo último que escucho cuando, a lo lejos, escurrió el sudor de la frente con el pañuelo.

lunes, 21 de junio de 2010

Desasosiego (2/3)


La mente de Abel era un torbellino de ideas que no lo dejaban hablar. Pensaba más rápido de lo que podía articular palabra alguna y eso lo que hacía era desesperarlo más. Presionarlo más, sobre una situación que ya estaba lo bastante mal por sí sola.
El llanto trató de salir, pero lo contuvo. Siempre tuvo miedo a mostrarse vulnerable y siempre que lloraba lo hacía en estricta intimidad. Él y su dolor, su dolor y él eran los invitados a las salobres caricias que recorrían la mejilla del uno a causa del otro. Cuantas noches de desvelo, cuantas horas bajo el agua malgastada de la ducha, llorando en soledad, en soledad llorando parte de su angustiosa situación, situación de la cual, en parte, era culpable.
Cuantas lágrimas habían explorado su geografía a causa de su incondicional estado de soponcio amoroso. Cuantos dolores detuvo, antes de aflorar, en la calle, delante de la gente. Cuantos desplantes tuvo que soportar. Sólo, por el único deseo de ser querido, de que sintieran lo mismo que él.
Pero bueno, así era Abel. Él más grande de los buenos, el bueno buenote, tan bueno que rayaba en lo papanatas. El pobre de Abel, tal vez soportando el peso de una maldición bíblica que lo lleva a duros golpes por el camino de la vida. Pobre Abel.
Al llegar a la puerta, acertó a decir una frase, “yo te amo, no me quiero ir” fue lo único que su garganta anudada permitió decir claramente. Pero la respuesta que recibió fue fulminante como un dardo eléctrico enviado por el dios supremo Griego, una risa acampanada, con un estruendo metálico de trompeta, disiparon cualquier duda. Ella no lo quería más allí. Y su lastimero comentario fue el detonante para la última humillación.
- “Sabes, me cansé de tus caricias torpes y tu cariño baboso. Me cansé de que me ames. Necesito que me cojan, que me maltraten, que dejen de ponerme el mundo a los pies... y definitivamente, tu no puedes darme eso.”

viernes, 18 de junio de 2010

Desasosiego (1/3)


Al no encontrar respuestas, cogió su maleta y se fue. Así terminaba lo que fue un capitulo para el olvido en su vida. Creyó que podía rescatar aquello que amaba, su siempre optimista estado de ánimo lo hizo pensar que podía sobrevivir y culminar de manera exitosa lo que, en un momento, comenzó de manera especial y bella.
Pero por supuesto, no fue así. La vida, que siempre enseña de la manera más difícil, a golpes, había sentenciado que esta historia no tenía un final feliz.
No había forma de interponerse entre la vida y sus designios. No valía ánimo, no valía espíritu, no valía la actitud. Sólo la sentencia firme y cruel de la vida podía tomar forma, dejando sin salida a aquellos ilusos que se creen responsables de sus vidas.
Oh, patéticas vidas de aquellos que con una sonrisa en sus rostros enfrentan los obstáculos del día. Patético intento de evitar lo inevitable. Como hay de esas personas. Abel, era una de ellas.
Volteó y se encontró con una parca expresión de desprecio, esas que son muy sutiles pero que duelen un mundo. Esas que sin dolor, desgarran la carne viva y cuando uno se da cuenta, es muy tarde. El daño esta hecho.
Comenzó la odisea interna, en la cual luchaban sin tregua las ganas de quedarse y completar la misión, contra las ganas de salir corriendo y gritar a todo pulmón que todo estaba perdido.
Cuantas cosas pasan por la cabeza en ese momento, los triunfos, las derrotas, el que dirán. En fin, un sin número de situaciones reales o ficticias que degeneran la mente creando estados de angustia y desesperación, difíciles de soportar. Incluso para aquellos que claman fortaleza interna.